lunes, 24 de agosto de 2009

Epílogo

Nuestro recorrido por tierra Cheng es toda una gesta que algunos historiadores hoy recuerdan y citan, porque si bien no representó un hito demasiado importante en la larga historia rokugani, sí se lo recuerda como un modelo de virtud y eficacia casi único en nuestros registros.
Participe de la mayoría de las escaramuzas y batallas que compusieron la recorrida de ese ejército de doce mil almas por un territorio que a duras penas conocían nuestros hermanos unicornios. Recorrimos miles de kilómetros, luchamos contra infinidad de soldados, hechiceros y ambiciosos generales. Y salimos victoriosos. Dónde los siete truenos triunfaron, nosotros también.
Mi nombre es Akodo Azai, segundo capitán de la Infantería Rokugani en la expedición libertadora de Cheng.
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He relatado ya casi todo mi viaje. Quizás muchos tengan fresca la "Historia de la Fundación de la Ciudad del Sol" de Asahina Sora o bien el extenso prólogo en el "Tratado de Danza y Esgrima" de Daidoji Makasuki. Pero si bien ambos ejemplares son excelentes para la comprensión de este evento, los hechos sucedidos en la Batalla de la Fortaleza del Bosque Oculto siempre quedan perdidos en la leyenda.

Esa batalla comenzó con la traición de los dos Tigres a nuestro Imperio Esmeralda. Tras la Batalla de la Ciudad del Agua, en Minao, nuestro ejército se había replegado a territorio del Tigre del Sur. Nuestro comandante, Moto Iashiro, había seleccionado un grupo númeroso de unidades para marchar a las tierras de los Señores de la Muerte, pero había dejado al mando del grupo a su esposa, Daidoji Akemi, la Pica Turquesa, apodada por el color de las plumas que llevaba en su pica para contener la sangre de los oponentes que abatía y no cayeran sobre sus manos. Yo me quedé con ella a la hora de la desición, no por desconfiar de Akemi, sino porque tenía miedo que los soldados, no acostumbrados a tratar con ella y si con Hinokagizume Akodo, Gorogoro y yo, desearan rebelarse y volver a sus tierras. Estabamos lejos de Rokugan y eso se sentía.
Como dije, después de Minao la situación se había complicado sobremanera. Nuestro enlace con el mando estaba cortado, el emperador seguía expectante en la ciudad capital Cheng negociando la alianza de los Tigres contra las Lanzas Amarillas Zhuo y los Estandartes Rojos Huang Ma Pen. Debo decir que los Huang Ma Pen resultaron ser brillantes tácticos, con una preparación envidiable.
En Cheng la situación se ponía delicada: los Tigres veían como los Zhuo, que se habían hecho con el control de Minao, empezaban a entrar a territorios del Tigre del Norte. El Tigre del Sur no se fiaba de nuestro ejército, más que habíamos acordado una tregua con los Zhuo, pedida por ellos. Pero todo se disparo al mes, mientras reclutabamos tropas y preparabamos la situación para una eventual refriega contras las Lanzas Amarillas, llegaron las noticias: Los Señores de la Muerte habían caído, en manos rokugani y Huang Ma Pen. Esto hizo que los Tigres hablarán de traición de nuestra parte, cuando claramente habíamos vencido a un enemigo común. Por otro lado, las noticias decían que los Zhuo estaban aplastando a los Tigres, y que un gran ejército Huang Ma Pen (HMP a partir de ahora) se dirigía a tomar la Fortaleza del Bosque Oculto, gran enclave preparado para la coronación de cada emperador Cheng. Y todo se terminó de descontrolar cuando brotaron las noticias que hablaban de un deseo de los Tigres de anexarse territorio Yobanjin y con nuestro Mikado en sus manos, de Rokugan. Nuestro emperador, que había salido al cruce de los Zhuo, debía luchar a sangre y espada para escaparse de la trampa, y no tuvo más remedio que fortificarse en esta Fortaleza. Y rápidamente quedó asediado por grandes huestes de ambos Tigres, que lo necesitaban para hacerse control de nuestras tierras. Lo que supe luego, es que el Tigre del Norte no deseaba pelear en el asedio, pero fue obligado por su hermano como muestra de lealtad. Este último apartado nos facilitó mucho el trabajo.
Al poco tiempo de esta situación regresó nuestro Shireikan con las noticias de la victoria y la máscara de Daigotsu. Así que ensamblamos las líneas y fuimos a salvar a nuestro emperador. Llegaron con él una buena parva de shugenjas, no sé si llamarlos hechiceros, enviados por Sora, que había decidido quedarse en las tierras de los Señores de la Muerte a purificarlas. Bueno, todo eso ya lo habrán leído en los textos de ella.
Volviendo a la batalla, logramos armar un frente de 56 mil almas. Contabamos con todo tipo de unidades: piqueros, cañones, arqueros, arqueros a caballo, caballería, infantería, y una extraña unidad HMP que básicamente consistía en una caballería fuertemente acorazada armada con pistolas y sable. Demostraron ser altamente eficaces en batalla.
El plan elaborado por el shireikan, por Hinokagizume y por Ge Lung, el líder de todas las tropas HMP y hermano de Xiao, resultó ser eficaz. Rompimos las primeras cargas de caballería de los Tigres, comandados por nuestro emperador, al que mediante un sortilegio místico habíamos logrado extraer de la Fortaleza. En esta primera refriega, Hinokagizume y Makasuki dieron cuenta del Tigre del Norte, mientras Akemi y yo manejabamos a los soldados para romper las defensas enemigas. Dicen que Makasuki logró romper la guardia del Tigre, y que luego Hinokagizume destajó al Tigre. No pude verlo, pero imaginó la secuencia. Ese no-dachi bestial que maneja mi maestro de guerra es simplemente un arma única.
Por otro lado, la caballería junto con los arqueros a caballos y los "pistoleros", al mando de Iashiro y la de recientemente ascendida Moto Kasumi, hija del valiente Moto Munehime, caído en batalla contra el señor de las Sombras dieron cuenta de la pobre infantería de los Tigres. Los sobrevivientes rompieron una brecha en la Fortaleza, pero cuando quisieron entrar, el shogún Moto Nobunaga, que se había quedado defendiendo la Fortaleza, cargó con el resto de sus tropas atrincheradas contra la línea y la rompió, no obstante el Tigre del Sur logró entrar a la guarda.
Mi línea entró al tiempo acompañando la caballería. Yo estaba lejos, pero ví al shireikan enfrentarse al Tigre del Sur. Éste usaba una especie de espada-látigo, con lo que mutiló al caballo del Shireikan. Craso error. Esto solo enfureció al comandante, y en una batalla bastante pareja, lo venció. Luego dejo correr su furia contra el resto del Tigre. Hay que mencionar también que Kasumi lo cubrió de otros enemigos para que tuviera su duelo personal.
La escena siguiente fue la que cambió el nombre de la Fortaleza y acabó el combate. La Dama Shirahime entró a la Fortaleza, acompañada por Mirumoto Taiga; ella procedió a curar al córcel de Iashiro. Pero mientras ella ejecutaba su arte, una saeta rastrera se disparó contra ella, y Taiga cortó el ataque con su cuerpo. Pagó con su vida. Shirahime colapsó en un arranque de locura y todo a su alrededor empezó a congelarse. Decididamente entendí porque llevaba a Sousuke: el era un tensai como ella, parte humano, parte kami, y su voz era de las pocas que podía llegar a calmarla. La situación fue que la gran mayoría de la fortaleza quedo cristalizada, y parecía que no había forma de detener a la Dama Blanca. Incluso el shireikan lo intentó, pero en el camino ella congeló sus piernas, que se quebraron por el peso de la armadura. La muerte de Taiga realmente debió afectarla, creo que eran amigos. La crueldad de la escena la calmó, ella sólo recuperó su consciencia por unos instantes como para pedirle perdón a Iashiro, curar sus heridas (juro que nunca vi arte de tal magnitud) y desmayarse sobre Hinokagizume, al que solicitó que la lleve con Eru a su tierra.
Nuestro emperador firmó un tratado con los HMP, reconóciendo la autoridad de Ge Lung y su dinastía sobre Cheng. Nosotros nos embarcamos y volvimos solo dos mil de los nuestros a Rokugan. Makasuki decidió quedarse, se sentía más valorado en Cheng que aquí. Fue una baja sensible, pero evidentemente el cumplió su deber de pelear por el Imperio Esmeralda. Al igual que todos los caídos.

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Shun, Shun... la voz lo despertaba de un letargo importante.
Sí, Sora, ¿Qué pasa? alcanzó a decir.
Nada, mira como juegan nuestros niños. La vida en esta provincia es tranquila, sé que el pueblo cheng no nos ama, pero nos respeta. No podríamos haber tomado mejor decisión.
Mientras Sora jugaba con sus hijos y los de su hermano, que había ido a visitarla cruzando un largo tramo de las Arenas Ardientes, Shun contempló a la figura que salía de las sombras. Ricamente ataviado, sus antiguos pelos desgreñados cobraron orden: lo había conocido como un ronin errante, luego como un yakuza importante, luego como el encargado de su red de espionaje en un país distante, ahora eran iguales, amos señores de Cheng, tras bambalinas.
Señor Mugen... ¿o debo decir Akito? ¿O debo llamarlo Su Excelencia Huang Ma Pen?
Mugen, ese es mi nombre, los otros fueron momentaneos. Hay trabajo. Viejos terratenientes aliados a la antigua corona de los Tigres. Necesito un par de tus muchachos.
Los tendrá, viejo amigo. Lo que no logramos organizar del país con nuestra campaña, lo arregla mi gente.
Así me gusta, Rojito.
Los ojos de Shun se desviaron a sus hijos. Era realmente feliz, su mundo funcionaba de maravillas. ¿Qué sabrían los pequeños de la oscura tarea del padre? Sólo Sora lo sabía y hasta ahí nomás.
Por cierto -dijo Shun- bonita fiesta organizaste para el nacimiento de tu primer hijo. ¿Así qué lo que le diste a tu padre fue?
Mugen interrumpió la conversación: El viejo se llevó una respuesta que alivianó su corazón. ¿Qué importa si era o no era? Todo el tema del honor es escabroso, y nadie mejor que vos para hablar del asunto.
Shun sonrió. Ven, vamos a beber un trago, todavía me hago traer sake de mi viejo feudo.
Ahora estamos compartiendo una buena idea, respondió Mugen.
Ambos partieron con una sonrisa.

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Anexos de "La Segunda Campaña de Cheng" de Akodo Azai:
La campaña en Cheng fue injustamente valorada por la mayoría de los militares de Rokugan. La consideraron excesivamente fácil y aseveraron que perdimos más gente de la que llevamos, pero ninguno de ellos la ha estudiado en detalle, sólo en comentarios. La campaña fue complicada, si bien nunca dudamos de nuestras tropas, hubo momentos en que pensamos que el fin estaba cerca. La dura derrota de Minao, de la que me hago cargo, fue un error táctico. Si bien mi estrategia siempre fue conocida por el enemigo, no pudimos rearmar sobre la marcha. La batalla de la Fortaleza del Bosque de Hielo tampoco fue fácil, si bien derrotamos un ejército superior con relativas bajas, perdimos a casi todos los rokugani que habíamos llevado. Los Cheng claramente no tienen un ejército de la calidad de la nuestra, pero suplen la falta de nivel con grandes reservas de hombres y mortíferas artillerías.
Mis recuerdos de la campaña son los mejores. Solo un momento dudé y fue cuando mi señor, Akodo Hinokagizume III, encaró junto con el resto de las tropas del Shireikan a la muerte en el territorio del blásfemo Daigotsu, ahí creí que estabamos perdidos: privados del mando, rodeado por enemigos, logramos organizar sólidas defensas.
Pero la victoria al final fue nuestra, por la planificación desarrollada en cada batalla. No podemos nosotros aseverar que sólo nuestro clán maneja la Estrategia Sagrada. El shireikan demostró notables conocimientos, y no es deshonroso reconocer la labor de los Grullas y los Escorpiones en el enfrentamiento. Sin su asistencia no hubieramos logrado conseguir la victoria resonante que conseguimos.
Como dije antes, nuestra campaña fue injustamente valorada, pero es una de las pocas gestas mancomunadas entre los clanes a lo largo de nuestra historia. No digo que merezcamos nuestro nombre junto al de los Siete Truenos, pero si ellos hubieran estado presente, hubieran aplaudido con la furia con la que nos batimos.

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¿Así que maestro?
Sí, he hecho todo, mi señor. He combatido en territorio Yobanjin, he derramado la sangre de la traición, he liderado una armada a lo largo de un país-continente. He sufrido penurias, pérdidas, derrotas, pero he disfrutado victorias, pequeñas conquistas. Es el momento de dejar a mi cuerpo descansar, de que los jovenes potrillos de nuestro clán tengan su oportunidad.
Me parece perfecto. Y como muestra de mi lealtad infinita, enviaré a mis vástagos a entrenar bajo tu ala.
Señor, me honra sobremanera. No sé si soy merecedor de tal reconocimiento.
Lo eres. Soy tu daimyo y el shogún de Rokugan. Y si te descuidas, quizás tengas que entrenar a los pequeños de Mitsuhide en un futuro.

El otrora Shireikan asintió con una reverencia. Su vida había sido luchar por honor. Y este le había llegado a lo largo de todo su transcurso.

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Sousuke metió sus manos en esos pergaminos. En los años de paz que llevaba viviendo en Cheng, se había convertido en un verdadero repositorio de conocimiento arcano. Sabía que solo Sora podía rivalizar con su capacidad mística, y quizás el Ministro de la Magia de los Huang Ma Pen, puesto que el deseaba para él mismo. Quizás debería realizar algún viaje a la capital Fénix, para aprovisionarse de pergaminos con los cuales empezar una movida política. O llamar a su viejo amigo Shun.

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Vamos pequeño, esfuerzate un poco más.
El chico daba cabriolas y a cada acrobacia la remataba con un golpe que desgarraba el aire. Ryuichi lo contemplaba contento. Su hijo había fallado, pero su nieto no lo haría. Ahora, él sería el maestro.
Cuando el entrenamiento concluyó, ambos volvieron para la casa. Las pequeñas de Taiga abrazaron al chico. Una de ellas ya estaba en edad de casarse, y cuando todo presagiaba que tendría una vida apacible junto a algún bushi Mirumoto, una solicitud formal llegó desde Otosan-Uchi. Uno de los hijos del Emperador Hantei Mitsuhide, bastante menor que la chica, había ofrecido un arreglo de casamiento. Si bien los Grullas protestarían, nadie discutiría la voluntad del Emperador Invencible, del que la leyenda cuenta que recibió en una sola batalla tantas flechas como para derribar a un ejército entero, y salió indemne.
La propuesta, bellamente adornada, remataba con unas extrañas palabras, que nadie, o muy pocos, entendieron:

"Para unir nuevamente la sangre injustamente dividida. Que Amaterasu bendiga con su luz la unión de los verdaderos hijos del Cielo"

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Shirahime cerró los ojos de su esposo. Él no tenía su constitución. Su largo adiós fue insoportable para ella. Dejo libre a su fiel amigo, que la había acompañado desde siempre, y se unió a la nieve... y en ella desapareció.

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Makasuki no había perdido nada de su gracia, cada obra suya era muy popular en Cheng. Y su habilidad con la espada se había vuelto legendaria. Los militares cheng suspiraban por aprender el arte para desenvainar a tal velocidad, pero Makasuki se reservó esos conocimientos para pocas personas: familia, amigos, y algún que otro que hubiera logrado sorprenderlo. Había logrado lejos lo que no había podido conseguir en su tierra. Justa recompensa para el valor que había mostrado a lo largo de toda la campaña.

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El emperador de Cheng los reunió a todos. Estaban Shun, Sora, Xiao, Mugen, Sousuke, Makasuki. Algunos faltaban sí, pero ellos habían sido clave en su gesta. Habían decidido celebrar la primera década de gobierno Huang Ma Pen.
Por suerte, a última hora llegaron Akodo Hinokagizume, Daidoji Akemi y su esposo Moto Iashiro, Jin y Akodo Azai. Faltaban Tachibana y Yukimura, pero ellos dos eran raros, vagaban libres, como si fueran viento puro. Aparecían en algún pueblo como fantasmas, pese a ser soberanos de grandes extensiones. Así vivían felices, decían. Sin inmiscuirse, viendo lo que realmente necesitaban sus siervos.
La reunión fue amena y revivieron toda la campaña. Cada momento, cada chispa de choque de armas, con mucho respeto. Era la única forma de mitigar los malos momentos, poder hablar con gente que realmente había pasado las mismas penurias. La historia siempre recuerda cada gesta como un cúmulo de conquistas y derrotas, de nombres que cambian, pero olvida cada segundo que uno pasa en el campo de batalla, la falta de agua, alimento, las penurias de caminar miles de kilómetros bajo un sol abrasador cargando equipo, de oler a estiércol, a heces de caballo, a sangre.
Toda la guerra dejo miles de muertos regados a lo largo de Cheng. Para algunos fue gloria, para otros gusanos.
No era el momento para recordar eso. Brindaron por los logros obtenidos.

(escribió Draften)

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